Mara Gonmarri. - Nicneim

Empecé a escribir poesía con quince años de la mano de un amor imposible que me comía las entrañas, y en ese difícil camino de la adolescencia, me tropecé con una profesora de literatura que admiraba profundamente la poesía.
A caballo entre la angustia del desamor y las redacciones de clase, descubrí que existía un espacio en el mundo en el que podía ser yo, y en el que, el maremagnum de emociones que bullía dentro de mí tenía sentido.
Un verso aquí, otro verso allá, la poesía se fue transformando en un arco iris de sensaciones cantadas sin voz en un papel en blanco, y en el sentido más estricto de las palabras, en el exorcismo de mis pasiones.
Así fui pasando de las líneas infantiles a las rimas, al verso libre, a los intentos suicidas de estructuras prefijadas, hasta llegar a los versos sangrantes y al grito poema que se retuerce sobre sí mismo.
Nunca he servido para la matemática lingüística, por eso mi poesía es un caos donde las ideas se aplastan unas a otras en la pasión de las letras.
Algunos me consideran obscena, agresiva o violenta, e incluso, hay quien se ha permitido el lujo de considerarme maldita a mis escasos años.
Hay quien me considera transgresora, sensual o innovadora, y quien ha exagerado diciendo que me falta sólo un paso para consagrarme como una de las voces poéticas del siglo XXI.
Sea como fuere, sólo el tiempo podrá dictar la sentencia de lo verdadero, mientras tanto, yo seguiré vomitando palabras por la vanidad intrínseca que envuelve al poeta.